Publicidad:
Terra
La Coctelera

Sigo siendo profesora...

El verano avanza. Intento disfrutar de mis vacaciones pero poco podré hacerlo puesto que debo empezar ya a hacer mi trabajo de investigación para el Doctorado. Decenas de libros y artículos de medieval se apilan en mi mesa sin que pase una sola página y lo cierto es que es un lujo que no puedo permitirme. En septiembre de he entregar dos trabajos obligatorios y mis profesores de la Universidad me han concedido un tiempo extra, pues se supone que en julio debían quedar puestas las notas y sin embargo ellos, considerando que durante el curso he trabajado mucho con los E.S.O.s y los segundos de Bachiller, me han permitido entregarlos en septiembre. Tengo que hacer un buen trabajo: no puedo aprovecharme más de su generosidad.

Mientras, mis gremlins me preguntan en sus emails cuándo iré al pueblo y me mandan fotos suyas en la piscina o de acampada. Resulta increíble, pero parece que me echan de menos. Por lo visto, el sentimiento que tenía al principio de las vacaciones es recíproco. Me preguntan también si ya sé si este próximo curso les daré yo la asignatura. A final de curso y durante el viaje me lo pidieron muchísimo, insistieron sin cesar. Comentario típico durante los trayectos en autobús un par de veces al día (que por cierto creo que ponía un poco celosos a los otros profes que estaban presentes): "Profe, cógenos el año que viene, porfaaaaa!". Y mi respuesta siempre ha sido "Ya veremos", para darle un poco de emoción al asunto y hacerme de rogar (soy vanidosa, qué vamos a hacerle). Sin embargo, sabía que soy yo quien reparte los grupos en el departamento y que podía cogerlos si lo deseaba. Así que en julio los cogí y, además, pedí ser su tutora, tanto por ellos (que sé que confían en mí) como por mí misma (que ya sé de qué pie cojea cada uno).

Así que cuando los vea en fiestasles daré la noticia, o bien esperaré a septiembre para seguir manteniendo el misterio...

¡Vacacioneeees!.. ¿Qué bien?

El 30 de junio aterricé en mi ciudad tras un agotador viaje de fin de curso de una semana con 4º de la ESO. Cuarenta y cinco chavales de pueblo sueltos por Andalucía. Jaleo cada noche en cada hotel (y eso que en realidad se portaron muy bien, pero es que son tantos...). Discusiones continuas con ellos... para que no llamaran por teléfono a las habitaciones del hotel que ocupaban clientes a los que no conocíamos (que, evidentemente, telefoneaban a recepción, y no precisamente para dar las buenas noches al siempre feliz y agradable empleado del turno nocturno), para que no llegaran tarde al autobús cuando les dejábamos tiempo libre, para que no corrieran por los pasillos del hotel en pijama de madrugada, para que no se excedieran con el alcohol, para que subieran su maleta a la habitación del hotel de una vez y no incordiaran al recepcionista, para que no llamaran a su amigo a grito pelado en el autobús cuando todos dormían...Una semana durmiendo cuatro horas diarias como máximo; arrastrando equipajes; sudando como un jabalí (o jabalina) en Doñana para ver desde una distancia de medio kilómetro una mierda de ciervo; pateando las calles con guías inútiles que sabían menos Historia que nosotros y de los que los chavales pasaban olímpicamente; sudando mares bajo ese sol justiciero de Andalucía viendo monumentos sin parar y sin una sola jornada de playa ni de piscina a pesar de que pasábamos ante ellas constantemente (desde aquí envío mi más efusivo agradecimiento a la agencia de viajes que nos preparó este viaje tan magnífico y bien organizado); una semana, digo, quemándonos vivos en el parque de atracciones y bebiéndonos hasta el agua de las macetas para no morir deshidratados... Una semana de acción trepidante, en resumen, durante la cual adelgacé casi dos kilos y agoté la dosis de paciencia y buenas intenciones de la que disponía para todo el año.
Y, de repente, desde que esos padres y madres (menos mal)volvieron a hacerse cargo de sus gremlins que descendían del autobús, la nada más absoluta. Adiós al estrés, a las carreras detrás de ellos, a los madrugones demoledores del alma y del espíritu, a la obligación de pegarles dos gritos educativos de vez en cuando,a los sudores andaluces, al dolor en la planta de los pies, a la saliva gastada para convencerles de que hagan (o no hagan) algo...
Y entonces, en esos últimos instantes, mientras las chicas, cogidas ya del brazo de su madre, te dicen "Jo, profe, ¡ahora te voy a echar de menos y todo!", te preguntas: ¿y ahora qué hago?Porque has pasado siete días inmerso en una vorágine adolescente que no te permitía detenerte ni para tomar aire y ahora no sabes qué hacer con tanto aire. Ahora puedes dormir y no tienes sueño, puedes descansar y no estás cansado, puedes sonreir y te apetece seguir discutiendo...

Nueve meses de curso diciéndoles constantemente aquello de "Voy a pedir la jubilación" (cosa que les hace partirse de risa, porque tengo veintisiete años y porque no se plantean el hecho de que en ese momento lo digo más en serio de lo que creen), o lo de "Voy a pedir la baja por depresión" (lo que les da más risa aún a pesar de que lo diga muy seria, porque me conocen y saben que no me han visto nunca seria más de tres minutos)... Y ahora creo que hasta los echo de menos. Porque en mi casa nadie me escucha y en el instituto los gremlins, mientras les doy clase, al menos fingen escucharme y asienten con lacabeza simulando interesarse por lo que digo para que no me sienta mal.

Y ahora... ¿quién va a decirme esas estupideces como "Profe, ¿el examen tenemos que hacerlo todos?" o "Profe,¿cómo se escribe vuelvo?"...o esas exclamaciones entre sorprendidas e indignadas como "Profe,desde luego, ¡eres peor que nosotros!" ? ¿Quién me permitirá ahora que le grite y que le eche sermones hasta hartarme y lo llame "bestia", "ignorante", "cenutrio" o "melón"?

En fin, debe ser que durante esa semana adquirí el Síndrome de Estocolmo y ahora necesito otras dos o tres para que desaparezca y así poder recuperar mi vida.Seguro que tumbada a la bartola con una novela en la piscina o fundiendo la VISA en El Corte Inglés me siento mejor y dejo de pensar estas estupideces. Va a ser verdad lo que dicen las carracas viejas de mis compañeras de trabajo:"Te implicas demasiado con los alumnos". Claro que en realidad,con su edad y su carácter, no me extraña que los chavales no las inviten a sus fiestas de cumpleaños, ni les presenten con orgullo a sus novios/as cuando se cruzan por la calle,ni les envíen emails para desearles Feliz Navidad, ni les cuenten lo que hicieron el sábado por la noche en la discoteca o les pidan consejo para ligarse a alguien.

Últimamente me estoy poniendo mucho en su lugar, ¿no?..

¿Será verdad acaso que soy peor que ellos? ¿Seré una inmadura y una infantil que se niega a crecer como dice mi madre?